RÍOS DE TINTA
COMO NÁUFRAGO PERDIDO

Me siento como náufrago perdido
que busca en el mar, con la mirada,
un asidero, cualquier cosa, una tabla,
que me ayude a salir del cautiverio.
He luchado por vivir contra corriente,
he perdido el norte, la razón, el horizonte,
he burlado el destino, la suerte y la muerte,
convirtiendo mi vida en todo un desatino.
Me he afanado en buscar tu mano amiga
en la espuma del agua, entre las olas,
sobre la arena, en las algas de la orilla,
en el corazón que ruge en una caracola
o clamando a voz en grito, subida en una roca.
A cambio del fluir constante de mis lágrimas,
recibo la caricia fresca del levante,
el azote violento del poniente,
la furia del sol sobre mi espalda,
el salitre del agua quemándome la lengua
y las llagas del recuerdo de tus besos,
que aún duran en mis labios.
A cambio de escapar de mi propia mirada,
esquiva, al verme enajenada
por el dolor y la angustia de ser nada,
recibo el silencio que emana de tu boca
que, en forma de viento, de frío o de lluvia,
se acerca a mi cara, la toma entre sus manos,
me besa los labios, y luego,
cuando me confío y ya me siento liberada,
me escupe al oído la palabra loca,
recordándome otra vez que no soy nada.
POTAMOLOGÍA

Tu amor viene a mí como clamor
de lluvia fresca que empapa mi cabeza,
y en contacto con la tierra
se torna fragüín sencillo de vadear
que discurre entre las piedras
vestidas de verde musgo,
hijas de una montaña.
En caída libre,
en cascada a través de mi garganta,
vierte como río que llega hasta mi pecho,
se adentra, encajona y excava un desfiladero.
El agua de este río, que es tu agua,
en lo llano se remansa y hace tojos,
pero busca el mar con desespero
remolineando cadozos tan profundos
que calan hasta el fondo de mi corazón.
Tu húmedo abrazo rodea mi cintura
dibujando la concavidad de un meandro,
y deja mi ombligo en medio, solitario,
como si fuese esa romántica mejana
que aguarda la llegada de la noche
para velar a los amantes.
Más abajo, casi en el mar, el horcajo,
sexo contra sexo,
mi río recibe el agua de tu río y se desborda,
formando un gran estero
lleno de vida y de barros,
de juncos y de limos,
de caricias y de mimos.
ESPIGA JUNCAL DE TRIGO
(A LUCÍA)
Espiga juncal de trigo,
En el verano naciste,
En otoño, en mis brazos te meciste
Y, al llegar el frío invierno, con mi cariño te abrigo.
El sol se posa en tu piel
Y tu mirada ilumina de verde campo y de miel,
Y hace que tus pupilas aglutinen
La nobleza, la verdad y la belleza.
Tras ellas se reflejan la duda, la rebeldía
Y esa solapada osadía que en vano intentas callar
Y que, por disimular, haces pasar por muda,
Llegándome a convencer, cuando te vas,
Que no es tuya sino mía, y que soy yo el que
Te sigue y te busca,
Aunque siempre seas tú la que me encuentras.

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