POETÍSOLAPoeta que sueña y escribe a solas.
MISTERIOS Y OTRAS HIERBAS MÁGICAS
LA VIDA ES ABSURDA
VIDA DE PERROS
CARNE DE CAÑÓN






 

CARNE DE CAÑÓN








Asesino en serio



 
 
El tipo aquel, cuando mataba, siempre volvía al escenario del crimen  una y otra vez. Tenía la vaga sensación de haberse dejado algo olvidado en ese sitio, era como si su presencia estuviese más que justificada en base a recuperar el tiempo, el recuerdo o algún elemento perdido.
Efectivamente los hechos acababan por darle la razón a su intuición. Cada vez que regresaba, allí estaba ella: impecable, solícita, luciendo la mejor de sus sonrisas, y diligente, siempre diligente, con la eficacia de una funcionaria competente y aséptica. Sostenía entre sus manos, envuelto en papel de regalo con un enorme lazo negro, el arma homicida: brillante, limpio, sin mácula ni rastro de sangre. Acto seguido se lo entregaba con un suave ademán que iba arropado por la caricia de la mirada más noble que era capaz de dibujar. Y todo para que de ese modo pudiese volver al día siguiente a matarla de nuevo, con tal de que volviese...
Él tomaba el testigo solemnemente y se alejaba del lugar de los hechos, digno y riguroso, serio y circunspecto, sin despedirse  tan siquiera de ella, tal y como si no la conociese, hasta el día siguiente, hasta la próxima ocasión. No en vano, él sólo hacía como la mataba y ella sólo hacía como que se dejaba morir.
 












ALAS PARA VOLAR









Cuando naciste y llegaste a mi vida me sentí uno de los seres más dichosos del planeta. Tu tacto suave, limpio, con ese olor inconfundible que tienen los recién nacidos, me llenó de emoción, y desde ese momento supe que defendería tu integridad física que, a fin de cuentas, también es la mía, a capa y espada.
Aprendimos a correr los dos juntos de la mano. Al principio despacito, por temor a que te lastimaras. Después soltamos nuestras melenas al viento y decidimos escapar, pero haciéndolo a lo grande: dejando una larga estela de adrenalina por esos caminos de Dios y probándonos de continuo el uno al otro. Con el tiempo llegó la confianza mutua, y ambos supimos que podíamos fiarnos de nosotros mismos, que si nosotros no lo hacíamos nadie más lo haría. De modo que quisimos volar y vimos que éramos capaces de ello, que formábamos un tándem tan bien configurado que no se nos ponía nada por delante, y a ti, hermano, te crecieron unas alas tan grandes como las de un avión. Así que despegamos nuestros pies del suelo y empezamos a elevarnos, y subimos, y subimos tan alto... que llegamos hasta las estrellas. Una de ellas tenía un brillo especial, era de color rojo, y también había otra azul, y giraban emitiendo destellos, como señales. Nos detuvimos fascinados por ver si esos guiños en realidad ocultaban algún tipo de mensaje. Efectivamente. Tras las luces, un tipo que estaba vestido de uniforme me hizo soplar a través de una cerbatana, no sé exactamente qué quería, pero comentó algo de unos puntos, me quitó el carnet y a ti te cortó las alas.















LA LUZ DE LA BOMBILLA








 

La luz de la bombilla me daba de pleno en el rostro y me obligaba a cerrar fuertemente los ojos. La tenía tan cerca que me quemaba la piel, era como si estuviese tumbada en la playa bajo un sol de justicia justo a la hora en que más calienta.
Empecé a sudar copiosamente y dio en picarme todo el cuerpo igual que si tuviese azogue. Permanecía tumbada, completamente desnuda, y nada o poco podía hacer para evitar la desazón. Me agitaba en el lecho de un lado para otro, y además de lo que me ocurría por delante, estaba lo otro, lo que me ocurría por detrás, es decir, una especie de sábana áspera como lija me rozaba la espalda y amenazaba con desollarme viva si no me levantaba de ese sitio. Lo intenté pero no pude, era tan seductor y magnético ese sol artificial que habían instalado allí… Pero lo único, lo que más me superaba en esos angustiosos momentos era el hecho de no poder impedir esas dichosas marcas que iban a quedarme en los brazos y en los tobillos, esa lástima de bronceado integral, tantas veces pretendido y nunca, ni tan siquiera ahora, logrado.
Miré al centinela por ver si se compadecía de mí y me desataba, pero no hubo manera.











 

AL TERCER MES RESUCITÓ






 
 
Al tercer mes resucitó. Por fin.
Cuando asomó majestuosa a través de la puerta de la cocina, él aún seguía allí, como si estuviese esperándola, sentado junto a la mesa y frente a la puerta con un plato de sopa reseca ante si. Sonrió al verla aparecer de nuevo, y en su rostro se heló dicha sonrisa, quedando petrificada con esa mueca tonta que se les pone a las calaveras bajo la naricilla respingona cuando se mueren de la risa. Pareció alegrarse sinceramente de tenerla otra vez a su lado, quién se lo iba a decir… después de muerta poder disfrutar nuevamente de su aroma inconfundible. Estaba espléndida, radiante, incluso aquel antiestético orificio practicado en el abdomen con un cuchillo de grandes dimensiones, después de tantos días lucía tan oreado como la curada cata de un jamón de Teruel. Fue una verdadera lástima comprobar, al acercarse a su lado, que había cambiado de perfume y el de ahora resultaba más añejo, olía como esos caserones abandonados que huelen a moho y a cerrado.
Por su parte ella no pudo evitar tampoco un amago de amarga sonrisa de triunfo al evocar aquel día en el que él, tras haberla apuñalado, se sentó a la mesa y le dijo:
-Querida, humm… qué rica te ha salido hoy esta sopa, tienen un no sé qué que le da un sabor…
-Pues que te aproveche, cariño, tómatela entera y no dejes ni una gota, es toda para ti-  respondió ella con un rictus maléfico, sujetándose el vientre entre estertores de agonía.
Entonces fue cuando él dejó caer su cabeza hacia atrás y empezó a salirle un montón de espuma a través de la boca de la manera más tonta, aquella boca que tantas veces la había besado y que en esos momentos parecía la cubeta de detergente de una lavadora. 
 

 








EL VIOLINISTA






 

El violinista le iba arrancando notas al instrumento a una velocidad superior a la de la luz. Los viandantes se apresuraban a depositar monedas a sus pies a una velocidad igualmente vertiginosa. El tintineo de las monedas, cayendo sobre la caja recaudadora de metal, le procuraban al concierto un sonido de fondo más propio de un casino de Las Vegas, con mil máquinas tragaperras funcionando a todo trapo, que de un infeliz pedigüeño callejero tañendo el instrumento para subsistir .
Midas, así se llamaba el violinista, daba las gracias a los transeúntes que premiaban con un estipendio su buen hacer, y lo hacía con una breve flexión de cabeza. Fueron tantas y tantas las flexiones, que se convirtió en el violinista mascota que llevan algunos conductores en la bandeja trasera de su vehículo.





 




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