|
PRAGA Praga, la negra Praga, si es por mí, ciudad sin guía ni adalid, enigmática y hermosa cual París, más canalla y hechicera que Madrid. Me preparé el viaje rapándome al cero, cargando mi mochila con tabaco y cenicero, calzándome un par de deportivas en charol verde manzana y negro para caminar con garbo y lanzar las campanas al vuelo, con la mirada serena, por brújula un lucero y en la boca un beso, una flor y una sonrisa pintada de rojo carmín perecedero. Praga, cálida y antigua, vetusta como abuela cuentacuentos, se yergue con sus torres majestuosas y se apaña bien aún con tranvía. Me niego a estudiar inglés un año para usarlo sólo un día en un millón de tabernas cervecientas bebiendo buenas rubias de las de artesanía, para pedir un chupito de ese licor del hada verde llamado absenta, de vistoso y fraudulento tono menta, para deambular por rincones, por esquinas, callejones, para tomarme un goulash a la pimienta o dos buenas salchichas con un par de cojones. No necesito saber nombres de calles ni de plazas para disfrutar de la brisa del Moldava, del viento repentino, huracanado que a menudo nos trae agua y nos mueve al son que baila el Golem o un Pinocho suspendido de una cuerda. Marionetas, brujas, hadas, Teatro Negro, pasadizos, relojes y torres siniestras, anticuarios, Art Nouveau, Mucha, Kafka, Milan Kundera, de procesos y castillos, de murallas e insectos metafórmicos, de Wenceslaos a Karolos, de leyendas de fantasmas y barberos, de demonios y hombres lobo, de pesos y levedades filosóficas, de enredos amorosos que nos llevan irremediablemente a sucumbir ante nuestra insoportable levedad del ser y del vivir. |