CANTO DESESPERADO A LA NOCHE
Asida a las crines del crepúsculo
cabalgo en Duermevela,
y bajo el auspicio de la ley de la vigilia
voy de la sonochada al dilúculo,
alfa y omega de las sombras,
con mis sueños y mis dudas por valija,
dudas que no son tales,
pues se alzan sobre la base de un pilar
construido con efímeras realidades.
Obligada por las circunstancias,
maldita casuística de una moral de pega
tan falsa como la más espuria de las monedas,
no puedo por menos de mostrarme ciega
a la luz del día, y, a cambio, convertirme
en luciérnaga apagada y luctuosa,
coleóptero licnobio que no brilla,
siendo despojado por la muerte
de sus alas blancas y verdosas.
Tras el toque de queda de una fúnebre campana,
en este camposanto que me guarda
seré por ti búho nictálope y noctívago,
irredento nocherniego
cuya mirada traspasa el poder de la oscuridad,
mientras tu insultante silencio,
conticinio de las horas tantas,
antes que llegue el día con el alba
cantará como alegre gallo que libera su garganta.
LLEGA LA MUERTE DESNUDA Y CALLADA
Llega la muerte desnuda y callada,
viene a por mí.
Lo noto en su olor y su mirada.
Llega la muerte desnuda y callada.
Con un guiño cómplice me llama,
engaña y atrapa.
Me envuelve con su aroma luctuoso
de dalias y crisantemos,
y con sus cálidas palabras
me acaricia y embriaga.
Yo, pobre mortal, me dejo seducir
como un romántico cualquiera
y le pongo un par de velas
a Don Charles Baudelaire,
por si se quema, eso sí,
se las pongo al lado de los pies.
Me intuyo como poeta
de rompe y rasga y verso libre,
y el más allá imagino
como promesa futura de aventuras
que intentan alegrar mi vida,
poeta de puerta abierta,
de calcetín y bragueta
a quien la muerte desnuda y callada
persigue, aprieta, admira
y, mientras estoy con vida, respeta.